AA:. ¿Cómo se llama?
AD: ¡D. Auguste!
AA: ¿Cuándo nació?
AD: En mil ochocientos...
AA: ¿En qué año nació?
AD: En este año no, el pasado...
AA: ¿Cuándo nació?
AD: En mil ochocientos, –no sé...-
AA: ¿Qué le he preguntado?
AD: Ah sí, D. Auguste...
Como comienza señalando una trascendental Simposio sobre dicha enfermedad resulta irónico comprobar que las creencias profesionales y populares que rodean a la enfermedad de Alzheimer, cuya más dramática característica es la pérdida de la memoria, se hayan desarrollado con desconocimiento casi total de su historia.
Un ama de casa perdida
El 21 de diciembre de 1995 varios investigadores que buceaban en los archivos de un hospital de Frankfurt encontraron una carpeta azul, largamente buscada. En ella se contenía una historia clínica. Se trataba de una paciente ingresada en la Clínica de Enfermedades Nerviosas de Frankfurt en noviembre de 1901. Era un ama de casa de 51 años, felizmente casada con un administrativo y que tenía una hija sana. No había antecedentes de enfermedades mentales en su familia y ella había llevado una vida completamente normal hasta 7 meses antes de su ingreso. En ese tiempo comenzó a asegurar insistentemente, aunque sin motivo, que su marido salía de paseo con una vecina. A estas quejas siguieron un distanciamiento progresivo de su familia, errores al cocinar, despreocupación por la vida doméstica, dificultad creciente para conservar recuerdos y recordar donde colocaba los objetos, así como paseos sin rumbo por su casa y por el vecindario. También se obsesionó con la creencia de que las conversaciones a su alrededor se referían a ella. Todos estos síntomas progresivos motivaron su ingreso en el hospital.
En la carpeta azul de Frankfurt, que constaba de 32 páginas, se la identificaba como Auguste D. y constaban las notas autógrafas del médico encargado de su cuidado, parte de las cuales se transcriben al inicio. El médico se llamaba Alois Alzheimer, y contaba entonces 37 años. En la carpeta, además del relato detallado de la enfermedad efectuado por su marido, se conservaban muestras demostrando también la alteración del lenguaje escrito, junto con la evolución clínica, las circunstancias de su muerte y la copia del informe autópsico. Además se adjuntaban cuatro fotografías de la paciente
(fig.1) en las que aparece como perdida, desaseada y de aspecto triste.
En el momento del ingreso se observa que, aunque sabe decir su nombre, está desorientada témporo-espacialmente, responde con incongruencias, no es consciente de su enfermedad y tiene tendencia a tocar las caras del resto de pacientes ingresados, motivo por los cuales es aislada. En los siguientes años se deteriora de forma irreversible, con demenciación completa, confinamiento en el lecho, incontinencia urinaria y fecal y aparición de úlceras de decúbito en sacro y cadera. El fallecimiento se produce el 8 de abril de 1906 a causa de una neumonía bilateral con septicemia. Su cerebro fue donado por la familia y enviado a Alzheimer, que entonces estaba en Munich, para que se realizara el examen postmortem y cuyo informe se añadió a la carpeta azul. Las observaciones clínico-patológicas fueron comunicadas por Alzheimer en una reunión científica en Tubinga el 3 de noviembre de 1906, y publicadas al año siguiente en las actas de dicho congreso. A partir de ahí, con algunas vicisitudes, el nombre de Alzheimer y Auguste D., entraron en la historia.
Las claves de un diagnóstico pionero
El cerebro estaba muy atrófico. Al teñirse las preparaciones con el método argéntico de Bielschowsky, era evidente un abundante despoblamiento neuronal. En cerca de la tercera parte de las neuronas restantes aparecían cambios importantes en el citoesqueleto, que constituían los ovillos neurofibrilares. Además había un abundante material extracelular depositado en forma de granos miliares por toda la corteza. Eran las placas neuríticas o amiloides.
(Fig. 2). (En este punto es pertinente notar que la hipótesis que postula que la generación del péptido beta-amiloide conduce a través de múltiples escalones a la muerte neuronal, está en la base de la investigación de la mayoría de los cerca de 30 compuestos que una veintena de industrias farmacéuticas desarrollan actualmente para el tratamiento). Alzheimer, pues, concluyó, que los ovillos, las placas y la muerte neuronal eran características de "una enfermedad peculiar y grave de la corteza cerebral", como tituló su exposición en Tubinga. Las preparaciones histológicas de esta paciente fueron redescubiertas en Munich en 1998. Ello permitió despejar algunas dudas que se habían aventurado sobre la certeza del diagnóstico en este caso, debido a la mención por el propio Alzheimer de algunas lesiones vasculares arterioescleróticas. Aunque el reexamen de estas preparaciones por su discípulo Perusini en 1910 habían descartado que estas fueran importantes, la revisión de 1998 comprobó que no existían lesiones microscópicas vasculares.
La historia subsiguiente de cómo el epónimo de enfermedad de Alzheimer enraizó en la literatura es algo más conocido. Kraepelin, el afamado psiquiatra y mentor de Alzheimer la bautizó con su nombre en la 8ª edición de su famoso
Tratado de Psiquiatría (1910). Aunque Kraepelin pudo creer verdaderamente en los hallazgos de su discípulo, la consideración de una nueva entidad pudo tener otras motivaciones. Entre ellas la afirmación de su superioridad frente a investigaciones de escuelas rivales como la de Pick o la afirmación de una base orgánica para las enfermedades mentales frente a un interpretación psicodinámica, como mantenían Freud o Lombroso. Alzheimer siempre mantuvo el carácter peculiar de esta entidad y así lo expresó en la descripción de su segundo caso en 1911. Este era un hombre de 56 años (Johann F.), con demencia que ingresó en 1907 en la clínica de Munich y falleció de una neumonía en 1910. La revisión de Fuller en 1911 de 13 casos, con edad media de 50 años y 7 años de duración, incluyendo los casos descritos por Alzheimer, Perusini, Bonfligio, Bielchowsky, Lafora y otros, contribuyó a asentar la existencia de la entidad .
Otros investigadores demostrarían posteriormente que esta constituye la causa más frecuente de demencia, pero como declararía Amadori en referencia a Alois Alzheimer, en el seno del Simposio celebrado en su casa natal de Marktbreit, Alemania, en 1997, con ocasión del 125 aniversario de su nacimiento, los investigadores actuales "podrían ser considerados como los niños pequeños situados sobre los hombros de un gigante".
Alzheimer después de desarrollar una fructífera actividad investigadora con grandes figuras de la época que fueron sus maestros y amigos (Nissl, Binswanger, Kraepelin, von Monakow o Brodmann, etc), tras haber ejercido su magisterio internacional sobre científicos como Lewy, Creutzfeldt y Jacob (alemanes), Bonfiglio, Perusini y Cerletti (italianos), Simchowicz y Rosenthal (polacos), Doinikow, Farworsky y Omorokow (rusos), Fuller y Jelliffe (estadounidenses), Achúcarro y Lafora (españoles), etc., que acudieron a su laboratorio de Munich, murió prematuramente. Tras ser nombrado catedrático de Neurología en la Universidad de Breslau (actual Wroclaw, Polonia) murió en 1915 a los 51 años de las complicaciones derivadas de una endocarditis bacteriana.
Los famosos también sufren
La enfermedad de Alzheimer constituye una auténtica epidemia actual, muy ligada al envejecimiento. Estimaciones recientes calculan que en 2001 hay en el mundo 24.3 millones de personas con demencia y se producen 4,6 millones de nuevos casos anuales (1 cada 7 segundos). Esta cifra se doblará cada 20 años pero el crecimiento será del orden del 300% en países como China, India o el Sudeste asiático. A pesar del consumo de recursos humanos y económicos que supone dicho problema, sólo a finales de los años 80 comenzaron a organizarse de forma efectiva asociaciones de familiares y apoyo a estos enfermos. Como en muchas otras ocasiones, sin embargo, no fue hasta que algunos personajes famosos o sus familias hiciesen público el padecimiento de este proceso cuando la sociedad reaccionó y comenzó a destinar más recursos a la investigación
(fig. 3). Además de los recientes y conmovedores reportajes fotográficos como los de Peter Granser, entre algunos de los personajes célebres alcanzados por esta enfermedad pueden citarse estrellas de cine: Rita Hayworth, Dana Andrews, Frank Sinatra...-, políticos –el expresidente Ronald Reagan (cuya carta del 24 de noviembre de 1994 supuso un auténtico aldabonazo en EEUU), Adolfo Suárez (cuya revelación en 2005 por su familia supuso una conmoción similar en la sociedad española), Henry Ford (el famoso magnate automovilístico)...-, artistas –Willem de Kooning (quien a pesar de su Alzheimer siguió pintando casi hasta su muerte a los 93 años, aunque apreciándose su progresiva degradación,
(fig. 4), Mercedes Ruibal (pintora gallega)...-, escritores –Somerset Maugham, Robert Graves (autor de los libros que inspiraron la famosa serie televisiva
Yo, Claudio), DeWitt Wallace y su mujer (fundadores de la revista
Reader´s Digest), Iris Murdoch (novelista irlandesa)...-. El marido de esta última, el famoso crítico literario John Bayley, quien la acompañó en su tragedia durante 5 años hasta su muerte en 1999, ha legado un testimonio de esta vivencia en su estremecedora
Elegía para Iris. Tras declarar que la enfermedad la transformó en algo semejante a un niño de 3 años, escribe: "El Alzheimer es en realidad como una niebla insidiosa, apenas perceptible hasta que todo lo que tienes a tu alrededor desaparece por completo [...]. Luego, la niebla se disipa y aparece un precipicio bajo los pies".
 Figura 1
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 Figura 2
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 Figura 3
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 Figura 4
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Bibliografía
Cummings L. Drug therapy: Alzheimer´s disease. N Engl J Med 2004; 351:56-67
Ferri PC, Prince M, Braine C et al., Alzheimer´s disease International. Global prevalence of dementia: a Delphi consensus study. Lancet 2005; 366: 2112-7.
Martínez Lage JM, Khachaturian ZS (eds.). Alzheimer XXI: Ciencia y sociedad. Masson: Barcelona, 2001.
Pérez Trullén JM. La figura de Alois Alzheimer. (2003). Disponible en: http://www.ttmed.com/demencias. [consultado el 7/01/2006].
Whitehouse PJ, Maurer K, and Ballenger JF (eds). Concepts of Alzheimer disease: Biological, clinical, and cultural perspectives. Johns Hopkins University Press: Baltimore, 2000.